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NY. Día Four.


Extrañamente nos levantamos con ganas de patear. Más nos vale. El plan de hoy apunta a que los piececitos van a sufrir tanto como en el día anterior y, por lo que parece, el calor no afloja. El susodicho plan comprende: Meatpacking District, West Village, Greenwich Village, NoHo/Nolita y Flatiron District.
De entrada, tras la ducha matutina, en lugar de detenernos a desayunar, decidimos neoyorquizarnos (válgame el palabro) del todo, y tomarnos un café de esos para llevar y algún bollo de camino a Times Square. Mira que es raro, pero o no estuvimos suficientemente atentos, o en verdad el camino elegido no era favorable a nuestro plan. Ni un Deli o cafeteria que satisfaga nuestros instintos. Así pues, ahí nos tienes, en pleno Times Square con más hambre que sueño, esperando un autobús que nos baje hasta el primero de los barrios. Tras esperar un cuarto de hora más o menos, llega el bus. El viaje hasta la esquina de la 7ª con la 13 St, no duró mucho más de 15 minutos. Tras 5 minutos andando, nos damos cuenta de que sin desayunar no vamos a ninguna parte, así que nuestro estómago echa el ancla.

Entramos en el primer Deli´s que encontramos abierto, una especie de tienda con comida preparada, bollos, café, máquinas frigoríficas con refrescos, etc. Un par de cafés de esos de vasos de papel y otro par de ensaimadas (o su equivalente neoyorquino, como quiera que se llame) al buche, y ya hemos recuperado las fuerzas.

Comenzamos a vagabundear por el barrio. Éste debe su nombre a la concentración que antaño hubo de naves y fábricas encargadas de recibir y tratar la carne que llegaba a los Pier o muelles (tengo en la cabeza muchas pelis con escenas en grandes almacenes plagados de piezas de carne colgadas de garfios). Conservando parte de ese aire industrial, hoy en día, gran parte de esas fábricas han sido reconvertidas en super-fashion tiendas de ropa ultra-mega-super-te-lo-juro-de-la-muerte, galerías de arte y demás. Aunque debido a ello hay mucho gafa-pasta suelto, todavía podemos ver algún que otro almacén genuino donde se descarga mercancía.
Tomamos camino hacia el corazón del West Village, el barrio pijo por excelencia. ¡Qué casas!... Leemos en la guía que este es el barrio preferido para actores y famosetes. Perry, Harry, Klander,... Se nota. El callejeo se hace tranquilo, por las arboladas calles poco transitadas de coches. ¿He dicho ya las casas que se gastan los mendas en el barrio? Cafés y restaurantes con gusto, parquecitos, empleadas empujando carritos con niños... todo muy cool.
Tras dar un cuantas vueltas por la zona, nos damos de bruces con una tienda de regalos que nos recuerda todos los encargos que tenemos de la gente que bien nos quiere. Dilapidamos 100$ del ala de golpe y porrazo. Toma ya..., y nada de ello es para nosotros. Seremos panolis. Eso hay que arreglarlo. Para compensar y con el subidón consumista, nos adentramos en una tienda de láminas y grabados y nos compramos dos fotografías en blanco y negro de edificios de NY. Para colgar en salón y dormitorio. Con las mochilas petadas, ponemos rumbo a Washington Square, en pleno Greenwich Village.

En la entrada del parque, unas cuantas personas mayores juegan al ajedrez en mesas habilitadas para ello. Educado, le pido permiso a uno de ellos si le puedo sacar una foto. Orgulloso, asiente y posa todo interesante, pensativo, concentrado, mirando al tablero. Los turistas que vienen justo detrás nuestro no tienen tanta suerte. Se les ocurre disparar fotos a diestro y siniestro a otras parejas de jugadores, y les cae encima la del pulpo. Un anciano se levanta totalmente ofendido y comienza a insultarles a voz en grito. Los turistas no saben dónde meterse. Les pinta, por pazguatos (¡AL LORETE! 1er consejo: Intentad pedir permiso para sacar fotos a personas. Da igual que sean bomberos, polis o ancianos jugadores de ajedrez. Just in case)
La plaza cuenta con una gran fuente circular en la que grandes y pequeños, se refrescan. Como ya se sabe que allá donde fueres, haz lo que vieres, pues pies descalzos, camiseta fuera y a refrescarse en los generosos chorros, lo que le viene de perlas a la Silvi para sacarle unas fotos a su novio macizo. El calor es considerable, y el alto en el camino se agradece. A nuestro alrededor, además de los jugadores de ajedrez, muchos turistas y algunos estudiantes sentados en la hierba o en los bancos del parque. Resulta que toda la zona está ocupada por edificios de la Universidad pública de New York. Unas cuantas foticos más y nos ponemos en marcha.

Tras el breve descanso, ponemos rumbo hacia la zona de NoHO, en busca de llevarse algo a la boca. De paso, nos dejamos caer por lo que antaño fue el CBGB, ahora cerrado, pero que en tiempos fue una de las salas de actuaciones de Punk Rock más famosas de la ciudad, en la que debutaron grupos como Los Ramones o Talking Heads. Pasamos también frente al bar Hell´s Angels (Los ángeles del infierno), donde hay aparcadas unas motarras del quince (o del dieciséis). En la guía advierten que son comunes las peleas entre bandas y actuaciones policiales, asín que nos alegramos de estar por allí a plena luz del día.

Como la gusa (léase hungry) empieza a hacer acto de presencia, paramos en una especie de café ubicado entre la 1ª Avenida y la 5ª St, el Three of Cups. Un sitio pequeño y acogedor en el que nos apretamos un par de sandwiches y una ensalada. Para rematar un par de cafés con hielo en vasos portables que nos terminamos ya de camino de Spring Street, donde se ubican la mayor parte de las tiendas en las que tenemos que hacer las compras de rigor (planazo). Encargo de mi hermano Miguel (Sudadera en DC), Levi´s y camiseta para el menda en la susodicha tienda, visita al Apple Store para flipar un rato, visitas a alguna que otra de ropita femenina... Agotados con la sobredosis de consumismo para unos cuerpos poco acostumbrados como los nuestros, nos paramos en un bar a tomar un par de cervecitas. Fresquitas saben a gloria, sobre todo con el calorazo que se gasta ese día NY.

Decidimos dar por concluida la jornada de compras y coger un bus rumbo al Flatiron Building, en la esquina que forman la 5ª avenida con Broadway St. Es algo que tengo entre ceja y ceja desde que aterricé en NY. Siempre me ha parecido el edificio más bonito de toda la ciudad (seguido muy de cerca del Chrysler Building). Seguro que lo habéis visto cientos de veces en fotos. Es ese edificio de planta triangular que se asemeja a la quilla de un barco. Cuando llegamos al edificio desde la 22 St, evitamos la vista frontal lo que nos permite observar mejor el diseño de las ventanas de estilo Beaux arts. Una preciosidad. Ya frente al edificio, en la isleta que circundan la 5ª y Broadway, han habilitado unas mesas y unas sillas donde uno puede sentarse a descansar o a comer, o simplemente a admirar la vista frontal del edificio. La verdad es que es increíble. Si no le tiro 30 fotos no le tiro ninguna. (¡AL LORETE! 2ª consejo: Sé que soy un flipado del copón, pero es que a poco que te gusten los edificios y contrucciones llamativas, no podéis dejar de visitarlo)

Después de descansar un ratillo, ponemos rumbo al hotel. Objetivo: una duchita, ropita limpia y a cenar al Hard Rock Café de Times Square.
Ya en el hotel, y tras superar con éxito ese bajón que te da cuando, estando hecho polvo como estás, decides tumbarte en la cama después de ducharte (sólo un momentín, por favor), nos encaminamos hacia el restaurante.
Un cuarto de hora sentados en un sofá y nuestro nombre aparece en los monitores que muestran la lista de espera. Nos aproximamos al Photo Call y nos hacen la foto de rigor. El camarero nos acompaña hasta nuestra mesa, justo debajo de la guitarra de Eric Clapton. Aunque la cena no está mal, pagas el entorno. Muchas televisiones con videos musicales, una pausa para cantar a coro el happy birthday to you a un comensal, otra para comprobar que sí, que hemos quedado realmente guapos en la foto que nos hicieron, una hamburguesa, un burrito y un par de pintas de cerveza. Tras apoquinar cuenta y propina (ineludible), salimos al maremagnum de Times Square. Esquivando a diestro y siniestro, logramos salir vivos y tomamos camino del hotel.

Mañana será otro día.
Continúa...

NY. Día Three (Parte 2)


Proseguimos nuestro vagabundeo por la zona, pero no entramos en ninguna otra tienda. No sé, el Soho me ha decepcionado un poco. Quizás sea el día, el calor, los Telerín o qué se yo. Quizás sea una zona más enfocada a cenas y copas. A saber. En tal caso, me temo que lo dejaremos para otra ocasión.
Bajamos por West BroadWay St para echar un vistazo a TriBeCa (Triangle Below Canal), otra zona con nombre. Al llegar a Chambers St giramos a la derecha hasta llegar al Washington Market Community Park. En él descansamos durante una media hora, observando como un montón de niños juegan alrededor de un chorro de agua que sale del suelo. Es un rincón fantástico.
Es curioso. Cuando piensas en NY, lo haces en zonas y gentes como las vistas por la mañana en la zona financiera, trajeadas, elegantes, corriendo de acá para allá; o en películas y series de TV donde pasan cosas de lo más increíbles; o en el noticiario donde se cuenta algún suceso... pero no sueles pensar en niños jugando en un parque y en padres que salen a buscarlos a la salida del trabajo. Obviamente existen, pero no asocias los conceptos NY y "vida del día a día" hasta que no los ves in situ. Creo que esa es la "trampa" de NY. Se trata de una ciudad que has visto mucho, pero sólo en situaciones (ficticias o reales) extraordinarias (en el sentido literal de la palabra). Pero llegas, ves una escena como la descrita de los niños y los padres (de lo más ordinario, por común), y es como si vieras algo fuera de lugar. Como un pingüino en el desierto.

Ya son cerca de las cinco y media de la tarde y estamos tan cansados que pasamos por completo de andar más. Salimos del parque en dirección Hudson St con la esperanza de coger un bus que nos suba por la 8ª avenida. La idea es bajarnos en algún lugar cerca del Empire State Building y hacer uso de las entradas que saqué por Internet. Así comparamos con el Top of the Rock (el observatorio del Rockefeller Center al que fuimos antes de ayer).
Después de esperar durante 10 minutos en la parada de bus, vemos que asoma al fondo de la calle. Se acerca a la parada pero no reduce la velocidad. Pasa de largo mientras el conductor señala a la parada. Leo lo que pone y nos percatamos de que esa parada no es útil hasta dentro de un par de horas. Maldición (¡AL LORETE! 2º consejo: Existen paradas de autobús en las que éste sólo se detiene en determinados rangos horarios. Si no quieres hacer el canelo, fíjate bien en la hora que es y en lo que figura en la señal). Nos toca subir más de 1 km hasta encontrar la siguiente parada hábil de esa línea de autobús. Y el calor no cesa.
Finalmente, 5 minutos más tarde, el autobús se digna a recogernos. Está petado así que tenemos que ir de pie en la parte de adelante. Al menos no hace tanto calor como en el exterior (más bien hace demasiado fresco de nuevo, así que chaquetilla al canto). Unas cuantas paradas después llegamos hasta el Madison Square Garden, donde nos bajamos. Avanzamos por la 34 St hasta llegar a la 5ª Avenida, donde sólo tenemos que subir dos calles para llegar al Empire State Building. Al llevar las entradas sacadas, confiábamos en no tener que hacer muchas colas. Error. Al parecer, para subir al Empire State te comes colas infinitas para todo. Para pasar el primer control de seguridad, para coger el primer ascensor, para sacarte la foto obligatoria (aunque luego no la vayas a comprar), para coger otro ascensor que te sube hasta cinco pisos por debajo del observatorio. Todo ello muy regulado, con vallas y cordeles que mueven a la gente como ganado. Si no tuvimos que esperar en total más de 45 minutos, no esperamos ninguno. Para más inri, debía haber algún problema con los ascensores que subían los últimos cinco pisos,
por lo que una señorita nos informa que debemos elegir: o 20 minutos de espera en la cola o subir andando los últimos cinco pisos. Como alma que lleva el diablo, encaramos las escaleras. Si hombre, para más esperas estoy yo.
Cuando alcanzamos el observatorio me quiero morir. Está petado. Hasta dos filas de personas delante de la verja. Giramos 360º y todo está igual. Nos armamos de paciencia y resignación, y buscamos huecos. Van listos si
piensan que después de todo lo esperado vayamos de irnos de ahí sin ninguna foto. Consigo abrirme paso para tirar unas cuantas. La verdad es que las vistas son espectaculares. Distintas a las de Top of the Rock, no sé si será por la altura (aunque no es mucho más) o la perspectiva, pero la sensación es distinta. Quizás se vea todo mejor o más nítido. No sé. De todos modos, como ambos estamos un poco agobiados con tan poco espacio y tanta gente chocando entre sí y pugnando por una micra de terreno, nos quedamos 10 minutos más y decidimos bajarnos. No habremos estado arriba más allá de 25 minutos, así que los sentimientos acerca de la visita al Empire State son contradictorios. Bonito sí, pero ¿a qué coste? (¡AL LORETE! 3er consejo: Si quieres subir al Empire State, vete bien pronto. Parece que es la única manera de evitar esperas infinitas y estrecheces en el observatorio).
El sol está cerca de ponerse y va siendo hora de dirigirse a Bryant Park. Ya el primer día que llegamos a NY, cuando de retirada camino al hotel nos dimos de bruces con el parque, nos pareció un rincón con mucho encanto, en el que, además, estaba teniendo lugar un ciclo de cine al aire libre. Resulta que hoy Lunes 10 de Agosto, a la hora del sunset (puesta de sol), está programada la proyección de "The Magnificient Seven" (Los 7 magníficos), y me moría de ganas de ver cómo se las gastaban los neoyorquinos en eventos de ese pelaje. Al llegar al parque, nos quedamos impresionados.
Toda la zona de hierba está literalmente plagada de espectadores tumbados o sentados en sus mantas. Los alrededores de la zona sembrada, están tomados por espectadores sentados en las miles de sillas plegables y mesas de terraza que esperan al comienzo de la película, mientras cenan una ensalada, sandwich, café o similar. Otros, pasan el tiempo alrededor de un ordenador portátil que hace uso de la red wi-fi gratuita con cobertura en todo el parque. Miles de personas bajo el trozo de cielo despejado y estrellado, enmarcado por los rascacielos que rodean el parque. Mira que vimos cosas en nuestra corta estancia en NY pero, sin ninguna duda, ese fue el momento más especial de todo el viaje. No sé muy bien por qué, pero estos dos turistillas nos sentimos parte de algo. En el mismo parque, vimos dos especies de kioskos en los que se vendían sandwiches, ensaladas, cafés, refrescos y demás. Compramos un par de sandwiches y una ensalada, junto con un par de refrescos y nos sentamos en una mesa situada en una diagonal detrás de la pantalla, cerca de una fuente que refrescaba la calurosa noche. En la fuente iluminada, gente acalorada metía los pies descalzos en el agua. Silvi y yo nos descalzamos, estiramos las piernas en unas sillas plegables y nos dispusimos a dar cuenta de la cena. Estábamos en la gloria. Comenzó la proyección con un cortometraje de dibujos animados que levantó las carcajadas del público. Se respiraba muy buen ánimo, pero sin un grito más alto que otro.
Tras el final del cortometraje, oímos una cortinilla publicitaria (una especie de Mooooooo-Vi-Re-Cord, pero de HBO, la cadena por cable estadounidense) y de pronto todo el público se pone en pie y comienza a corear al unísono la melodía y a bailar. ¿Pero esta gente tan cosmopolita no era fría y distante entre sí? Cualquier lo diría. Otro estereotipo a la basura.
Tras dar buena cuenta de la cena, estuvimos como media hora más sentados, disfrutando de la noche. Repartiendo nuestra atención entre el público frente a la pantalla y el ecosistema tras la pantalla compuesto por niños salpicando, pies refrescándose y parejitas retozando. Ya descansados, nos dimos una vuelta por los laterales de la zona de hierba, viendo como la gente cenaba o jugaba al ajedrez. Mucha vida.
Tras ver durante 10 minutillos la película (un pasaje "divertido" en el que uno de los integrantes de los Siete magníficos trata de torear una ternera) y aún con los sentidos en punta, decidimos abandonar el parque. Unas fotillos al Edificio Chrysler iluminado, majestuoso, y ponemos rumbo a Times Square. Qué diferencia. De un sitio en el que podrías estar siempre, a otro en el que te dan ganas de salir pitando. No me entendáis mal. Times Square es impresionante por apabullante: las luces, los anuncios, las pantallas todo lo largos son los edificios. Eso no está mal. Pero ay amigo. Es que no sólo apabulla la luz y el sonido. Es que hay miles de personas. De acá para allá. Cuesta andar. No hay más oasis que una especie de grada en el que (si tienes suerte) te puedes sentar, situada en la parte más norte de la plaza.
Tras el baño de luz, sonido y gente, no queda más que retirarse. Menos mal que el hotel está cerca. En menos de quince minutos dormimos como angelitos tras otro día intenso.
(Continuará)
Continúa...

NY. Día Three (Parte 1)


Da la casualidad que el día que habíamos elegido para bajar a Lower Manhattan, Tribeca, Chinatown, Little Italy, Soho y Nolita (¡toma castaña!) será, según informa en la muy local TV americana, el día más caluroso de las últimas semanas. Despejado y calor infernal (92ºF se preven, Extremely Hot dicen). Agárrense los machos, vienen a decir.
Pues después de una duchita y de proceder con los machos, a desayunar. Aunque nos fue muy bien en Ray´s Pizza, decidimos probar un sitio distinto. Para no comernos mucho el tarro, vamos a desayunar en el restaurante del hotel. Se llama Pigalle y figura como café-bar-brasserie (a saber qué entienden por eso los americanos). No está nada mal. Como siempre, la atención es su fuerte, pero el sitio es confortable y elegante (aparte del tema aire acondicionado a saco que requiere chaquetilla). Repito desayuno (estudio comparativo de huevos florentina en NY) y Silvi se anima con unos huevos con salmón. Todo muy contundente de nuevo. Nos espera un día de pateo sin piedad, así que hay que ponerse las pilas. Muy rico todo, pero el precio algo más subidito de tono que el del día anterior.

Como el trayecto hasta el extremo sur de la isla es largo, renunciamos al bus en favor del metro. De entrada es algo (bastante) más viejo que el de Madrid (data de 1904) y hace mucho más calor en los andenes. Ya íbamos prevenidos acerca de la principal dificultad que tiene manejarse en metro en esta ciudad, así que confiábamos en no dar un espectáculo de "paletismo" como cuando fuimos a Berlín con mi hermano y mi cuñada. El caso es que, además de la complejidad que tiene manejarse entre tantas líneas (números, letras y colores), lo que hay que tener en cuenta es que la mayoría de líneas cuentan con dos tipos de trenes: los express y los locales. Los primeros sólo paran en algunas estaciones importantes, y los segundos en todas las de la línea (ello es posible porque esas paradas disponen de hasta tres o cuatro vías). Además, al contrario que en Madrid, por la misma vía pueden circular trenes de distintas líneas que más tarde siguen distintos caminos (al igual que ocurre en otras muchas capitales europeas). A pesar de estar al tanto de todos ello, no nos libramos de tener que bajarnos dos paradas después al percatarnos de que no era la línea que nos llevaba a nuestro destino. (¡AL LORETE! 1er consejo: Más vale no confiarse, andar con ojo y vigilar los paneles que informan de la llegada de los trenes e indican a que línea corresponden, o en su defecto observar la cabecera del tren donde también se indica. Conviene también comprobar con antelación si la estación de destino corresponde a una parada express, para poder elegir ese tipo de tren o no). Llegados a Whitehall St South Ferry nos encaminamos hacia Battery Park. Tras unas fotos con fondo de Miss Liberty (la cual vimos mucho más cerca el día anterior). Tras tomar aire, nos adentramos en la jungla de metal y asfalto. Rodeados por rascacielos, con la vista en las alturas, seguimos la ruta que sugiere nuestra guía en sentido inverso (hay que ver qué transgresores que estamos hechos). Visitamos los lugares más emblemáticos: Bowling Green (estatua del toro que representa las fases alcistas de la bolsa, alrededor de la cual pululan numerosos japoneses que posan junto a la estatua acaparándola sin dar opción alguna al resto de turistas), Wall Street (adornado por una bandera americana que ríete tú de la española en la pza Colón de Madrid) y St Trinity Church (donde nos tomamos un respiro en el cementerio de la parte de atrás, donde yacen soldados de muy muy antiguas guerras).
De pronto nos acordamos del museo de la policía de NY, situado cerca de donde nos dejó el metro a primera hora de la mañana. Aunque en este viaje hemos decidido renunciar a dedicar tiempo a museos de arte (en Londres nos dimos una paliza de museos del copón) en favor de más pateo ciudadano, hay algunos museos como el de la policía, como el de los bomberos (¡ay! qué tendrán...) o el del comic y cartoon que creo que merecen la pena (lástima de estos dos últimos, los cuales, finalmente, no pudieron disfrutar de nuestra presencia. Pa la próxima)
Desandamos pues lo andado y no tardamos en dar con él. Aunque es gratuito, es habitual hacer una donation. En él puede verse un homenaje a la actuación de la policía el 11-S, coches y motos antiguas, retrospectiva de la historia del cuerpo desde primeros de siglo, uniformes y demás. Muy curioso. Después de unas cuantas fotos graciosas y una vuelta por la tienda del museo (sin gasto), nos ponemos rumbo al punto en el que dejamos la ruta: la zona cero donde se erguían las torres gemelas (totalmente rodeada de vallas que impiden ver qué se cuece).
Tras comprobar que queda mucho (pero mucho) para poder ver algo en la zona, nos dirigimos a City Hall Park (frente al ayuntamiento de la ciudad). Breve descanso y puesta en marcha hacia Chinatown.
Subimos por Bowery St hasta Canal St, y callejeamos en busca de un restaurante donde podamos comer algo. Tres sugerencias de nuestra guía al respecto. Tras descartar los dos primeros (daban un poco de yuyu), nos vamos a por el tercero. Se llama Great New York Noodle Town y se trata de un sitio pequeño, con patos laqueados colgados frente al escaparate que da a la calle, desde donde se puede ver cómo opera el cocinero. Entramos y nos sentamos en la mesa más cercana a la puerta. Antes de que podamos pedir, ya nos han colocado dos tés calientes (al parecer resulta que cuando hace mucho calor, es mejor tomar bebidas calientes. Ay que ver qué cosas aprende uno...). Silvia se bebe el suyo, pero yo me siento incapaz de tomarlo sin azúcar. Y cualquiera se arriesga a pedir azúcar, a ver si va a resultar una ofensa o algo así (es que soy mu paleto). Pedimos pollo con verduras y cerdo con maíz y arroz. De beber dos cervezas chinas. Cuando traen los platos, resultan ser enormes. No están malos, pero tampoco para tirar cohetes. Cumplido el tema de la comida, no nos atrevemos con los postres. Pagamos (baratísimo) y nos vamos. Hace un calor de diez mil pares de demonios.
Vamos caminando, observando tiendas, personas, calles... Es curiosa la sensación. Tienes que hacer un esfuerzo y recordarte continuamente que estás en NY. Lo que oyes (canciones, voces), lo que ves (carteles, tiendas, personas), lo que hueles (comida, especias)... Todo te hace pensar que estás en China. Leemos en la guía que, la tendencia expansiva de la comunidad asiática, ha ido comiendo terreno a Little Italy, la cual ha quedado reducida a poco más de una calle que, se identifica ante el viandante con unas luces y guirnaldas (como adornos navideños en mitad de Agosto) con los colores de Italia. En una heladería nos compramos un par de helados que degustamos sentados a pie de calle, en las escaleras de entrada a una casa, mientras observamos el ir y venir de la gente. Los postres pendientes nos han sabido a gloria bendita pero nos han dejado hechos unos gorrinos. Benditas toallitas humedas que nos permiten limpiar el pringue (y bendita Silvi que me convirtió al "toallismo humedil"). Satisfechos y limpitos nos vamos camino Nolita, un barrio emergente en temas de moda y tendencia. Callejeamos, nos sentamos en algún que otro parque, buscando sombra y un lugar donde descalzarnos por un instante y dejar que corra el aire entre nuestros deditos hinchados.
Nos ponemos en marcha camino del Soho. La idea es tratar de ver el ambiente que se respira los locales y comercios de la zona. Mucha moda y restaurantes new fashion. Entramos en una tienda Levi´s para echar un vistacillo. Al cambio resultan más baratos que en España, pero hoy estoy tan cansado que sólo pensar en cargar con bolsas además de mochila con el calor que hace, me entran los mil males. De pronto un escalofrío recorre mi espalda. Esa voz no puede ser. Me giro y ¡horror! Varios integrantes de la familia Telerín en plena faena consumista. Será grande NY y nos tenemos que encontrar a esa panda de barullos que revolucionaron el vuelo Madrid-NY en una tienda del Soho. No queda otra que salir pitando, antes de vernos envueltos en un conflicto diplomático a causa de nuestros compatriotas.
(Continúa en Parte 2)
Continúa...

NY. Día Two


Nos levantamos como si nos hubieran dado una paliza. Las ocho horas de sueño no han sido suficientes para "curar" el jet-lag. Qué se le va a hacer. Por delante tenemos un domingo completito: Central Park, algo de Upper East Side y crucero de atardecer por el Hudson y el East River. Uff. Pero lo primero es lo primero. Duchita, ropa y calzado cómodo. Anuncian probabilidad de lluvia, pero hace un calor (húmedo, o sticky day como dicen ellos) de mil demonios. Tras dejar el hotel, lo siguiente es buscar un sitio para desayunar. Encontramos uno en la 8ª Avenida cerquita del hotel (cerca del cruce con la 49 St) que tiene buena pinta. Ray´s Pizza es un local regentado por un italiano y los camareros parecen atentos (¿será por el tema propinas?) Pedimos huevos a la florentina y café americano para el menda, y tortitas con capuccino para Silvi. Nos ponemos hasta las trancas y no son más que las 9 de la mañana.

Tras una pequeña confusión con el tema de la propina (¡AL LORETE! 1er consejo: Si queréis evitaros hacer cálculos, al pedir la cuenta solicitad que detallen la propina y ellos mismos la incorporan a la cuenta, es decir más o menos el 18%), apoquinamos y nos ponemos rumbo a Central Park, 8ª avenida arriba. En 10 minutos estamos en la entrada sur del parque. Ante nosotros una extensión que abarca tres veces el parque del Retiro de Madrid (casi cuatro hectáreas cuadradas según doña wikipedia). Nos amarramos los machos y p´lante.
Como los primeros intentos de localizar un puesto de información son un desastre, decidimos conformarnos con la sugerencia de nuestra guía Lonely Planet de un recorrido que incluye los principales puntos de interés. La verdad es que Central Park en domingo es una pasada (¡AL LORETE! 2º consejo: Si tenéis la oportunidad, elegid ese día de la semana para visitar el parque). Es cierto que es el lugar de reunión de los habitantes de la isla. Unos corren, otros pasean, otros hacen bici, otros se tumban la hierba a descansar, otros hacen picnics, otros practican baseball, tenis o baloncesto (es impresionante la cantidad de instalaciones deportivas que existen). Y muchos turistas. Por doquier.
Unas cuantas fotos después en Bethesda Fountain, camino de Strawberry Fields (para quien no lo sepa es, frente a los exclusivos apartamentos Dakota, un mosaico erigido en honor a Lennon, asesinado cerca de allí), vemos unos bomberos haciendo el mantenimiento de las mangueras de unos cuantos camiones. Dios, con lo que me molan los camiones de bomberos (extraña fijación, recién descubierta, que en algún momento debería analizar). Los bomberos, muy simpáticos ellos (aunque menos macizos que los españoles, según la Silvi), me permiten unas foticos con los camiones que calmen mi ansia. Llegamos a Strawberry Fields y, claro está, hemos de buscar un hueco entre los numerosos turistas para tirar una foto decente. Venga, ponte ya, Silvi dixit. A sus órdenes. Proseguimos la marcha. Pasamos por Turtle Pond (charca donde tiene su retiro las tortugas de NY), y Belvedere Castle, desde donde hay unas bonitas vistas de Great Lawn, una inmensa explanada de hierba salpicada por campos de baseball. Los partidos de baseball se alternan con partidillos de algo parecido al american football pero con frisbee jugado por rubios de pelas. Desde la zona sur del parque hasta la zona central donde nos encontramos, el perfil del neoyorquino tipo es el de WASP (white anglo-saxon people, esto es, blanquitos), pero a partir de ahí, y según iremos subiendo hacia el norte y acercándonos a Harlem (que linda con el parque en su extremo norte), el perfil del neoyorquino tipo irá tornando hacia chicano, afroamericano y sudamericano.
Tras hacer un alto en el camino, en el que ejerzo de sabiondillo tratando de explicar cómo va esto del baseball, nos dirigimos hacia el Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir, un enorme lago cerca del cual la Silvi llena el vacío estomacal con un perrito caliente (hot dog para los amigos). Tras alguna indecisión, acerca del sentido en el que se circula por el camino circundante al lago (los corredores lo hacen en sentido counterclock, o contrario a las agujas del reloj, pero nos damos cuenta transcurrido un rato), seguimos en dirección norte hasta darnos de bruces con la pistas de tenis. Comienzo a arrepentirme de no haber engullido otro hot dog, así que vamos en busca de algún lugar donde conseguir más comida. Una familia de hispanohablantes nos indica amablemente un kiosko donde podemos conseguir comida mexicana. Unos taquitos y una empanada más tarde, descansamos durante 20 minutos tumbados sobre la hierba. Se está realmente a gusto.
Va siendo hora de salir del parque y poner dirección a la 5ª avenida, para buscar una estación de metro donde podamos comprar los abonos de transporte que nos permitan movernos en bus y metro. A la altura de la 103 St, metiéndose un poco hacia el Upper East Side, cerca del hospital Monte Sinaí, alcanzamos la parada de metro donde adquirimos dos Free-Ride tickets para una semana (¡AL LORETE! 3er consejo: Si pretendéis moveros bastante, muy recomendable esta opción. Por 28$ cada uno tienes pase libre para bus, metro, y algún otro medio de transporte más).
Aunque la idea era ir caminando por la 5ª avenida e ir observando las casas de los millonetis a la ribera de Central Park, nuestros pies dicen basta y piden a gritos un bus en el que bajar hasta la esquina sureste donde se ubica el Zoo de Central Park. Resulta más fácil de lo que parece dominar el tema horarios y líneas. Aparecen bien detallados recorridos y horarios (¡precisos!) Ahí llega el bus que baja toda la avenida. Montamos y nos pican las tarjetas. El contraste de temperatura es brutal debido a que tienen el Aire Acondicionado a tope. Qué exagerados que son por aquí. Por suerte llevamos unas camisetas de manga larga (¡AL LORETE! 4º consejo: En verano, llevad siempre este tipo de prenda, si no queréis exponeros a un resfriado de aupa, cada vez que utilicéis transporte público).
Al llegar al zoo, nos lo pensamos mejor y sustituimos la opción animalicos por un ida-vuelta a Roosvelt Island. No nos lleva más de 20 minutos andando llegar hasta el teleférico que circula paralelo a Queensborough Bridge. El Free-Ride ticket nos permite montar gratuitamente. El trayecto no son más de cinco minutos, pero las vistas sobre el río merecen la pena. Llegados a Roosvelt Island no hay mucho que ver, más allá de la cara que ofrece Manhattan asomándose al East River. Gente pescando, parejas paseando y gaviotas posando ante mi cámara de fotos. Diez minutos sentados en un banco para seguir recuperando los pies, y pillamos el viaje de vuelta.
Cuando llegamos de nuevo a Manhattan, nos damos cuenta que se nos ha hecho tarde. Son ya casi las seis de la tarde, y la idea era disfrutar hoy del crucero que parte desde el otro extremo de la isla, en el Pier (muelle) 42 del Hudson River. La única opción que se nos ocurre pasa por esperar al bus que recorre toda la calle 51 hasta la orilla oeste y luego baja hasta la calle 42.
Mala idea. Es hora punta y el tráfico en superficie es un infierno. Veinticinco minutos después, nos ha salvado de morirnos de asco una conversación muy agradable con una señora mayor que se ha interesado por nuestra situación. De dónde venimos, a dónde vamos, qué hemos hecho, etc. Unos consejos más tarde y ya al borde de la desesperación, aparece el bus. No creo que nos dé tiempo, coincidimos la Silvi y yo. Veinte minutos más tarde, milagro. No sé cómo se las ha apañado pero son las siete menos cinco y ahí estamos, frente al barco que hace el recorrido en forma de U, desde el Hudson al East River, y que nos permitirá divisar cómo Manhattan cambia de color cuando anochece.
Por suerte, las entradas estaban sacadas por Internet y nos da tiempo suficiente para montarnos en el barco y alcanzar dos sillas en la cubierta superior. Quizás llueva, pero vamos abrigados y con gorro. Qué más queremos. Sí, vale. Un paraguas nos vendría de perlas, pero somos gente recia. Allá vamos. (¡AL LORETE! 5º consejo: Lo que se resume a continuación fue una de las mejores experiencias en NY. La compañía se llamaba Circle Line 42, y el crucero es el que llaman 2-Hr Harbor Lights Cruise. Cuesta 30$ por barba pero merece muy/mucho la pena)
Soltamos amarras y dejamos atrás un par de portaaviones de la US Navy, con cazas a bordo y todo. Según vamos bajando por el Hudson, el guía (in english) va relatando qué es lo que vemos en las dos orillas (Manhattan y New Jersey). Las vistas son impactantes, pero mucho mejores cuando llegas a la altura del Downtown y comenzamos a subir por el East River. Según vamos ascendiendo en dirección norte, comienza a atardecer dejando unas vistas de Manhattan y de Brooklyn espectaculares. Pasamos bajo los puentes de Brooklyn, de Manhattan, de Williamsburgh y llegamos hasta el de Queensborough, donde el barco da la vuelta dirigiéndose en dirección sur hasta Ellis Island. Pasamos frente a la Estatua de la Libertad, iluminada y majestuosa (aunque es cierto que es más pequeña de lo se espera). Ya no llevo la cuenta de la cantidad de fotos que he tirado durante lo que llevamos de trayecto. Remontando el Hudson ponemos rumbo al Pier 42 de donde partimos dos horas antes, no pudiendo apartar los ojos del skyline iluminado.
Cuando llegamos al muelle, bajamos del barco en busca de la parada del bus que nos dejará cerca de Times Square, a tiro de piedra de nuestro hotel. Para calmar a nuestros estómagos rugientes, cenamos algo rápido en un establecimiento de comida preparada. Arroz salvaje con salsa de soja para el menda, y sushi maki para la Silvi.
Menos mal que sólo tenemos que andar veinte metros hasta nuestro hotel. Una distancia mayor en nuestras condiciones físicas, se hubiese hecho insalvable.
Una ducha después, nos acogen nuestras esplendidas queen-size beds, mullidas y suaves. Zzzzzzzzzz (*2)
(Continuará)
Continúa...

NY. Día One


Cruzamos las puertas del hall de la terminal 7 del JFK, a las 5 de la tarde hora local. Nos quedan 2 horas y cuarto para llegar hasta el hotel, alojarnos y salir pitando para subir al observatorio del Rockefeller Center (Top of the Rock para los amigos). Ya estamos con la soga al cuello y acabamos de llegar. Hay que ver. Quién nos mandará sacar las entradas por el Internet en un horario tan ajustado...
Lo primero es localizar nuestro transporte hasta el hotel. Contraté por Internet un servicio llamado Supershuttle, que no es más que una furgoneta grande que recoge a varios turistas del aeropuerto y los va dejando por turnos en sus respectivos hoteles. La idea parecía buena, pero nos costó bastante dar con el mecanismo. Tras preguntar a varios nativos (con increíble dificultad en lo que se refiere a la entonación y acento), resulta que había que llamar a un número de teléfono desde unas cabinas especiales que estaban en la terminal, y hablar con un operador al que le dabas el código de reserva y le decías en qué terminal estabas para que pudieran pasar a recogerte. Y yo que creí que me defendía en inglés. Ay Dios...

Finalmente, toman nota y nos dicen que en 20 minutos nos recogerán. Tic tac. Minutos de desesperación y de Hubiera sido mucho mejor pillar un taxi (luismi) y de Ahora ya no podemos hacer nada (Silvi). (¡AL LORETE! 1er consejo: Sin duda, antes que la furgo que cuesta unos 65$ por dos personas, es mejor pillar un taxi. Éste sale por unos 55$. Pero si no tienes mucha prisa, llega en 1 hora hasta centro Manhattan, lo mejor es el Airtrain+Metro que sale por 7$ y pico).
Cuando llega la furgo (con unos cuantos turistas italianos vocingueros), embarcamos, esperamos otros cinco minutos a otros turistas, y salimos a la carretera para darnos de bruces con un atasco de campeonato. Ahora sí que no llegamos, nos decimos. Pero hete aquí que no contábamos con lo aguililla que era el conductor que nos había tocado en suerte. Comienza un slalom de carriles, salidas y entradas de la autopista, que ya quisieran para sí los más avezados madrileños asiduos de la M-30. Treinta minutos de casas de Queens (uno de los cuatro condados de NY) más tarde a ambos lados de la carretera, accedemos a Manhattan a través del Williamsburg bridge (uno de los puentes que dan acceso a la isla). Llevamos los dedos cruzados por si la diosa Fortuna tiene a bien concedernos ser los primeros en el circuito de descarga de pasajeros. Localizo las calles por las que circulamos en el plano que llevo abierto sobre mis rodillas, y por un momento parece que vamos a tener suerte. Al fondo de la 8ª Avenida asoma el cartel del Hilton Garden Inn, nuestro hotel. Pero de pronto, el señor conductor gira a la derecha en la cuarenta y pico Street. Mosquis. Por suerte, pronto se detiene para dejar a los primeros pasajeros. Le pregunto si nuestro hotel es de los siguientes y me confirma que nanay, que tiene que hacer un circuito antes. Así pues, optamos por apearnos allí mismo, y hacer el resto del camino a pie. El señor Conductor (sorprendido) dice si estamos seguros. Sure, thank you very much. Así que allá vamos. En un tris estamos en el hotel. Tras el registro, cogemos el ascensor hasta la undécima planta. La habitación no está nada mal. Dos camas queen size (un metro cincuenta), televisor última generación, frigorífico, mini-bar y un respetable cuarto de baño. Lo primero que hacemos es apagar el aire acondicionado, que estaba a tope. Creo que nos basta con la refrigeración que se hace de la habitación con el aire acondicionado (huracanado) del pasillo exterior. Es audible incluso con la puerta de la habitación cerrada. Qué exageración.
Nos cambiamos de ropa y salimos escopetados para el Rockefeller Center. De camino pasamos por Times Square. Ay mamá, qué jolgorio. Luces, taxis, tráfico, policias. Ohú. Y Madrid nos parecía agitado. Llegamos al Rockefeller Center con tiempo suficiente para hacernos unas foticos frente a la figura que preside la terraza que en invierno se transforma en pista de hielo. Cuántas veces, en cuántas pelis, hemos visto ese sitio. Tras un par de fotos en el típico plan "luismiysilviseautofotografíangraciasallargobrazodeluismi", un amable señor se nos acerca y se ofrece a hacernos la foto. Dudo un instante, pero vencida la desconfianza inicial y cruzando de nuevo los dedos para no resultar ser demasiado pardillo nada más llegar, le dejo mi cámara. El tío es un hacha. Me saca una foto en automático, pero como no está contento con el resultado, pasa al modo manual y hace los ajustes precisos en la cámara para sacar otra foto mucho mejor. Incluso se toma la libertad de sugerir a la Silvi que se quite las gafas para salir mejor (Jua, jua). No sé si darle propina o no (madre mía, ya comenzamos con la psicosis de la ¿esto exige propina?). Opto por un thank you very much, y el tío va y se conforma. Vaya. Sólo pensar en un español diciendo a unos guiris por iniciativa propia, no os preocupéis yo os saco una foto, me entra la risa. En el caso poco probable en que eso ocurriese, el fulano se llevaría la cámara sí o sí.
Como ya casi es la hora reservada para la visita (19.20), accedemos al edificio y, tras hacer una mini-cola, cogemos el ascensor que nos lleva hasta el observatorio Top of the Rock (¡AL LORETE! 2º consejo: En estos temas, conviene ser un poco previsor y, siempre que sea posible, se saquen las entradas para aquello que se quiera visitar a través de la red, de modo que se eviten colas innecesarias). Nuestra idea era disfrutar de las vistas y esperar, bien apostados, la puesta de sol prevista para las 20.05. ¿Qué cómo lo sabía? Parece mentira que los que me conocen se pregunten eso... Pues porque me encargué de mirar a qué hora se ponía el sol, y saqué la entrada con esa idea. (¡AL LORETE! 3er consejo: Muy recomendable es acceder a este observatorio. Tiene menos visitantes y ofrece unas vistas magníficas de toda la ciudad. Si además, se puede cuadrar la visita con una puesta de sol la experiencia es inolvidable).
Miles de fotos sacadas a diestro y siniestro, captando como la luz diurna va dejando lugar a la noche y a la iluminación de los miles de edificios del Midtown y el Downtown. Impresionante de verdad.
Tras absorber todas esas sensaciones, nos vamos dando cuenta de lo cansados que estamos. Son casi las 21.00, pero para nosotros es como si fueran las 03.00 de la madrugada. Nuestro cuerpo se resiente y ya va siendo hora de cenar algo y retirarse a descansar.
Abandonamos el edificio con la sensación de haber comenzado con muy buen pie nuestra visita a NY. Camino de Time Square nos detenemos en una especie de restaurante/establecimiento en el que ofrecen comida mexicana. Como no estamos para dar muchos tumbos, optamos por pedir algo allí mismo. Vamos a ver cómo nos enfrentamos al tema con los reflejos y la mente abotargada por el cansancio. Por suerte nos encontramos el primero de los muchísimos dependientes hispanohablantes que nos encontraremos a lo largo de los siguientes cinco días. Dos burritos y un par de cervezas, please. No hay suerte. Pues la cerveza se nos acabó hace un rato. Mierda. ¿Les gustaría en su lugar un par de margaritas?.
Sí claro, para margaritas estoy yo ahora. No gracias, nos bastará con agua. Qué remedio. ¿De la fuente o embotellada?. ¿De la fuente? ¿Arriesgamos? Embotellada por favor. (¡AL LORETE! 4º consejo: En prácticamente todos los restaurantes, o bien hay un grifo en el que puedes rellenar tu vaso gratuitamente, o tienes una jarra de agua con hielo en la mesa, así que, a toro pasado, os digo que no merece la pena gastarse dinero en agua embotellada. El agua es de buena calidad, pero bueno, it´s up to you que dicen por allá. Depende de ti, para los profanos).
Damos cuenta de los burritos, más muertos (nosotros, no los burritos) que vivos, y tras dejar una propina aproximadamente del 15% (es la norma hermano), abandonamos el establecimiento arrastrando los pies. De camino al hotel, nos cruzamos con Times Square y la plataforma escalonada en la que se sitúan decenas de turistas, que tiran de cámara de fotos para inmortalizar las cientos de pantallas y carteles luminosos que orlan la plaza. El hecho de que no tenemos pilas para la cámara de fotos nos salva de media hora más de sufrimiento evitando que se nos cierren los ojos. Otro día será.
En diez minutos estamos en nuestro hotel, y diez minutos más tarde estamos dando cuenta de las excelentes camas de nuestra habitación. Elijo una de las cuatro almohadas (cada una con diferente altura y densidad) y sólo tengo tiempo de desear a la Silvi dulces sueños.
Zzzzzzzzzzzzzzzzzz. (Continuará)
Continúa...

Preludio: ¡Cómo me gusta viajar en avión!


Pues érase que se eran, dos muchachos que se levantan un caluroso día de Agosto madrileño, ya con los nervios a flor de piel. Ducharse, desayunar, cerrar la maleta, revisar el equipaje de mano y llamar a un taxi. A la T4, Don taxista, por favor. Allá vamos, ufanos ¿Hemos bajado las persianas? ¿Cerré la puerta con 4 vueltas? Siempre la misma cantinela. Aquí tiene 25 € Sr taxista (¡hay que ver con la tarifa-aeropuerto!). Y ahora, ¿dónde facturamos? ¿Señorita por favor? Ah, gracias. ¿Envolvemos la maleta en celofán? Vale ¿Candado? No, eso no, a no ser que sea de esos especiales que pueden abrir los de seguridad con su llave mágica (¡AL LORETE! 1er consejo).

Y Tras pagar el "celofaneo" del equipaje facturable, escribimos nuestros nombres, vuelo, domicilio en Spain y teléfono en una tarjeta que colocamos entre el celofán y la maleta para evitar dificultades en la identificación ante extravíos indebidos (¡AL LORETE! 2º consejo), y ... ¡¡¡a la (primera) cola!!!

Y allá que vamos, entre el niño spiderman y la familia Andronoff. ¿Cuántas maletas facturan los Sres? Sólo una ¿Saben que pueden traer hasta 3 cada uno? Aupa el consumismo. Pues no, pero gracias. ¿Tiempo? Aún quedan 2 horas para embarcar.

Venga vamos a pasar el control policial y así nos lo quitamos de encima antes de que se forme... otra cola. Tarde. La segunda cola nos espera. Pues na, paciencia. Tras esperar (menos que antes) y pasar el control policial (¿control?, espera a llegar a los USA), procedemos a buscar un lugar donde dispensen comidita ligera para matar el hambre. Aquí mismo. ¿Qué quieren? Un sandwich y una botella de agua para los dos. ¿Sólo eso? Sí, sólo eso. Sí, na más porque saliendo a las 13:55 supongo que nos darán de comer en el avión a no más tardar. Tras un pis y un lavamanos, a buscar la puerta de embarque. U73 (Setentamilypico parece. Imagínate, la última ultimísima. 15 minutos anadando). Compra de periódico+revista para hacer más corta la espera. Ahí hay dos asientos libres. A sentarse y a esperar. Tic tac, tic, tac. Según se va acercando la hora de embarque, se aprecia como aumenta la tensión. Quedar muy atrás en la cola de entrada al avión, puede hacer que tu equipaje de mano no quepa encima de tu asiento porque la fila de delante o detrás (muy listos y rápidos ellos) lleve un sarcófago egipcio que casualmente le han dejado pasar como equipaje de mano (ya nos pasó cuando fuimos a Londres o Dublín, no macuerdo)... Algunos pasajeros se levantan y se colocan frente al mostrador de embarque, ya con sus pasaportes y tarjetas preparadas... Leo una noticia más y cuando levanto los ojos, la cola ha doblado su tamaño ¡qué dolor! Grrrrrr. Arrastrado por la corriente (hay que ver qué poca personalidad), levantamos los culos del asiento y ¡hala a hacer más cola (y van tres)!

A los cinco minutos, hay muchos más pasajeros detrás nuestro que delante. Qué bien que hemos hecho en levantarnos. Pero, para variar, la cola que al principio era una fila de a uno (o dos como mucho), comienza a ensancharse aprovechando los alrededores de columnas y similares. ¡Qué pereza! No me apetece una mierda empezar el viaje discutiendo con unos listillos que lo que les va, es colarse en las colas... Y encima esos que aún permanecen sentados y que nos miran con sorna, seguro que algo traman. Pues se van a comer una cola del quince (dicho sea con respeto). Por suerte la situación no se prolonga en el tiempo, y parece que se disponen a anunciar el embarque.

Atención Sres. pasajeros del vuelo IBxxxx. Hagan su embarque por la puerta U73. Les recordamos que los que dispongan de pase express (ocomocoñosellame). Miradas de odio irracional hacia los pasajeros que se deslizan por el finger. Les comunicamos que en primer lugar embarcaran los pasajeros con niños (Ay Dios.....) y las filas de la peich a la 25.

¡Bingo! Nuestros protas se congratulan por disponer del 23L y del 23J... Muchos de los que permanecían sentados, se levantan socarrones mirando a los no agraciados en el sorteo, que desde la cola sólo pueden gimotear y quejarse un poco más (si cabe). Las familias con los niños y el caos que les rodea, se abren paso y embocan la entrada del avión (ahí va el pequeño Spiderchild y sus papás) . Y los agraciados pues allá vamos. Aún así, algún que otro empujón nos espera hasta que la srta azafata comprueba pasaporte, tarjeta de embarque y nos da la bienvenida. (¡AL LORETE! 3er consejo: No seas panoli y quédate sentado hasta que digan el orden de embarque).

Sentados al fin y colocado el equipaje de mano sobre nuestra cabezas, comprobamos que nos rodea una Familia. Nos rodea y se desparrama hacia las filas de delante. La familia Telerín al completo, con sus tres o cuatro hermanos, esposas, hijos, yernos, sobrinos, primos y nueras (fácilmente 15 en total). Todos pa NY. Ay Dios...

Y esto que no despega. Lo sentimos sres pasajeros, pero el finger se atascado y no pueden soltarlo del avión por lo que el despegue se retrasará. 40 minutos después (ó 40000, porque con los Telerín, el tiempo se dilata) despegamos.

Nada más despegar anuncian por el altavoz que la comida se servirá cuando alcancemos altitud y velocidad de crucero. Zasca. Con el hambre que gasto (¡AL LORETE! 4º consejo: "Embútete" bien antes de salir, que en los vuelos transoceánicos la hora de comer se retrasa).

Nada más que se apaga la luz de abróchense los cinturones, la estampida.

No quiero a extenderme mucho en las visicitudes que rodearon al viaje y a la aparición de los Telerín por doquier. Destaquemos la señora que se descalzó incluso antes de que despegáramos, y que estiró sus piernas apoyando los pies en el panel que tenía enfrente; los contínuos paseos de todos los integrantes por los pasillos del avión (hablo por el resto de pasajeros, cuando reconozco el alivio que sentíamos cuando las azafatas anunciaban turbulencias y la necesidad de sentarse y abrocharse el cinturón); el hecho de que viera Lobezno (la película) malamente entre sus cuerpos alzados y enhiestos; su incesante parloteo no exento de volumen; la vergüenza ajena que provoca que el comandante pida a los pasajeros (sin duda quería decir los Telerín) que permanezcan sentados a pesar de que no haya turbulencias; las quejas (al botón de su camisa, por la cuenta que le trae) de uno de los azafatos por la dificultad que entraña manejar los carritos de comida por pasillos estrechos con telerines danzando de acá para allá, etc. Ni siquiera cuando nos facilitan los formularios blanco y verde que hay que rellenar para que te dejen entrar en el país, se están quietos. (¡AL LORETE! 5º consejo: Ni bromas ni hostias al rellenar los formularios. ¡Ah! y ten claro la dirección del hotel donde te vas a alojar)

Sorprendentemente, las 8 horas de viaje (de las cuales 6 se van quieénsabedónde) pasan, y las 16:05 (hora USA) llegan a tiempo de rescatarnos de las garras de la histeria. Ahí está el aeropuerto JFK. Aterrizar y salir escopetados es todo uno. Y son esas ganas de huir las que nos salvan de las garras de... otra cola. Pero esta es la madre de todas las colas. Control de seguridad y aduanas de los United States of America. Te cagas. Cuando nos paramos tendremos a 20 personas delante, pero detrás... Ay Jesús. Hasta los Telerín (más retrasados) me dan lástima. Se han juntado dos vuelos (desde Londres y desde Madrid), y si no hay 300 personas detrás, no hay ninguna. Imagínate, a razón de cinco minutos por persona... Muchos minutos (¡AL LORETE! Mega-Consejo: Cuando llegues a USA, corre, sal del avión raudo como si te fuera la vida en ello, si no quieres morir en la madre de todas las colas).

Cuando nos llega el turno nos atiende Don bigote (o Mr Moustache in english) que nos toma electrónicamente las huellas (digitales) de todos y cada uno de los dedos de las dos manos, nos hace una foto (sin gafas please) y tras sellar pasaporte nos deja acceder a la cinta transportadora que en un alarde de generosidad nos ofrece la maleta sólo dos minutos después (gracias Señor por premiar nuestra santa paciencia en el avión). Tras declarar que no tenemos nada que declarar al muchacho que recoge el formulario verde, se abren las puertas de salida al hall de la terminal 7 del JFK. (Continuará)
Continúa...

En Nueva York


Ta, ta, tararaaa, Ta, ta, tararaaa (póngase la música de "New York, New York" interpretada por Frank "La Voz" Sinatra, para crear ambiente).

A pesar de las muchas expectativas que había creadas en cuanto al viaje de 6 días (5 efectivos) a la metropoli por excelencia, éstas no se vieron defraudadas. NY es (aunque resulte un lugar común, una expresión manida) un sitio familiar. Quicir, familiar por fácilmente reconocible. Todo te suena. Te suena ese edificio por haberlo visto en nosequépelícula. Te suena esa calle por haberla visto en nosequéreportajedetelediario. Te suenan (y tanto) los coches de policias cuando salen por docenas por la 8ª Avenida... Y en contraposición con esa sensación de encontrar sitios ya esperados, también vienen a tu encuentro no pocas sorpresas.

Por ejemplo: ¿quién esperaría encontrar en una ciudad tan aparentemente deshumanizada (por grande, inmensa) lugareños tan amables? Más allá de la amabilidad interesada (o no, quilosá) del personal de hosteleria (ya se sabe, service is not included), dimos con varias personas en manhattan y en Brooklyn dispuestos a ayudar, a ofrecerte consejos en cuanto a qué visitar o cómo llegar a tal sitio ... (otra pregunta sería ¿por qué nos extraña tanto eso en España? La respuesta en otros posts). Otra: Sillas y mesas en cada parque y plaza (Bryant Park, Herald Sq, Madison Sq Park, etc.) que el visitante puede utilizar para descansar, tomarse un café comprado (to take away) en cualquier Deli o kiosko, o almorzar un sandwich, ensalada o sushi (to take away otra vez). ¿Quién se imagina en España un sitio como Bryant Park con sus cientos de sillas plegables a disposición de cualquier viandante? Aquí, donde los bares y cafeterias tienen que encadenar las sillas y mesas utilizadas para las terrazas en previsión de que algún desaprensivo se las lleva a su jardín. Pues no señor, en NY no pasa eso. Será por la distinta mentalidad de la gente, será por la mucha policia, por ambas o por ninguna de ellas, el caso es que es una gozada poder disfrutar de la posibilidad de un alto en el camino en una ciudad donde la corriente te lleva a velocidad de vértigo.
Y como esas sorpresas, otras tantas que iré desgranando en lo que pretendo que sea un diario de lo hecho, visto y sentido durante nuestro viaje. Más para no olvidar que para compartir, pero si de paso alguien puede extraer algo útil de nuestra experience, sea.

Continúa...