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λ7: Revelación


Me ha llevado más de seis meses contar lo que sucedió cuando le (me?) encontré en la calle. Procesar lo ocurrido, ponerlo por escrito, ha sido todo un viaje.
Entenderéis que no es moco de pavo darte de bruces con tu doble. Y no me estoy refiriendo a alguien que solo se parece bastante a ti. Estoy hablando de ver tu reflejo fuera del espejo, de ver a un pavo que te ha robado todo lo que hasta hace poco hacia que te hacía ser lo que eras. Enfrentarme al que por aquel entonces consideraba mi sustituto en el mundo, y que después de aquel día de invierno pasaría a ocupar otro lugar en los cajones de mi cabeza, fue lo más chungo que he hecho en mi vida

El caso es que en cuanto dejó a la viejecita al otro lado de la calle, me lancé hacia él. A partir de aquí todo lo que recuerdo de ese momento está raro. Inconexo. Faltan las transiciones. Es como si lo que hasta entonces era el fluir natural de una película, pasara a ser una colección de diapositivas. Esto es lo que puedo contar.
1. Yo abalanzándome sobre Él.
2. Él agarrándome de la pechera. Recriminándome algo (¡¡¡Él a mi!!!)
3. Yo sentado en el suelo, mientras Él me grita. Me duele el culo (supongo que me he caído)
4. Él y Yo bajando las escaleras del metro. Él delante tirando de mi brazo (parece que no quiero seguirle. Pero ¿no era yo el que iba a cantarle las cuarenta?)
5. Él y Yo en el andén de la estación, bajo la cámara de video que graba lo que ocurre desde el extremo izquierdo del andén. Estamos solos
6. Él y Yo en el túnel que une las dos estaciones. Huele a húmedo y cerrado.
Y a partir de aquí, sólo recuerdo oscuridad. Y su voz hablándome.
“¿En qué coño estabas pensando? ¿Quién carajo te dió permiso para sacarme? Si no estabas contento, pues cambia joder. Pero a mi déjame en paz. Seguro que ahora que soltaste lastre, vives de puta madre. Y mientras, yo jodido. Cargando con toda tu mierda. Mira, móntatelo como te dé la gana, pero quiero que me devuelvas a mi sitio. Ya estás recuperando toda esta basura y comprándome un billete de vuelta, porque si no, no respondo de lo que pueda hacerte, hijodeputa”
Aturdido. Dolorido. Hueco como estoy, sus palabras resuenan en mi interior tanto como lo hacen en la bóveda del túnel.
Un zumbido aumenta de intensidad hasta transformarse en chirrido “in cresendo”, ahogando sus palabras. Y luz. Cada vez más luz.
Pasa el metro a nuestro lado llevándose todo de golpe. Polvo, papeles, aire, oxígeno, ideas... Adiós a las pocas certezas (si aún existía alguna) que hasta entonces me sostenían en pie
Continúa...

λ6: A través del espejo


Pues resulta que la aparición que sufrió mi excompañero de trabajo no resultó sino la punta del iceberg. Después vinieron más. Como un virus hambriento, voraz, los "espejismos" fueron extendiéndose entre las personas de mi entorno. El frutero me preguntó si me gustaron las chirimoyas que me llevé el otro día; la panadera sacó de debajo del mostrador el pan de cereales que según ella le había reservado la tarde anterior; el kioskero me recordó que ya había pedido al almacén el DVD de El Resplandor que según él le había pedido unos días atrás, y una señora a la que no había visto en mi vida se disculpó por haberse tenido que ir tan rápido ayer, sin tiempo para agradecerme haberle ayudado a cambiar la rueda de su coche.
Pero es que, ni lunes al sol en el parque, ni chirimoyas, ni pan de ese con pipas, ni pedido de cuarto y mitad de Jack Nicholson con hacha corriendo entre la nieve, ni suciedad en las uñas por cambio de ruedas... Nada de eso. Nunca tomé parte de esos actos.

Como una epidemia, se extendía una idea de Luismi que no se correspondía a mi recién descubierta, íntima y cruda realidad. O a lo que coño sea lo que tengo ahora. Según iba perdiendo pertenencias, máscaras, disfraces, sentimientos, usos y costumbres, y en paralelo iba saliendo a la luz lo que empezaba a considerar como mi verdadero ser, ese cuya caldera siempre está encendida y gusta de ir al choque, algo ocurría en el mundo exterior. Algo (o alguien, o algunos...) conspiraba por crear una existencia paralela de mi, resistiéndose a que ese personaje creado durante largos años, que tanto les había dado y del que tanto habían obtenido, se perdiese en el olvido.

¿Qué era? ¿Era mi entorno (gentes, lugares, momentos) lanzándome indirectas para que luchase contra esa sangría, contra esa herida abierta por la que se escapaba todo mi ser acumulado durante tanto tiempo? ¿Era la realidad creando una imagen de mi que equilibrase la balanza? ¿Un Ying que contuviese el Yang? ¿O era yo mismo que en una especie de vigilante sonambulismo, cual Jekyll atareado, pugnaba por compensar la desidia de mi Hyde? Todo eso se me pasaba por la cabeza...

Y el caso es que esas apariciones, invención o no, me tocaban los cojones bastante. Vale que en un principio, me había sentido hueco, había creído que sin todas esas muletas desarrolladas durante toda mi vida, iba a caer sin remedio en un pozo sin fondo. Pero conforme, fueron transcurriendo los días, me fui habituando a mi nueva situación, como se acostumbra la vista a la oscuridad pasado un tiempo. Aprendí a convivir con Mr Hyde. Aprendí a quedar mal y a soportarlo. Aprendí a pasar olímpicamente de las miradas de reojo, de los comentarios a la espalda, a dejar tras de mi galope un camino pelado y no sufrir por ello. Coño, ese era yo sin parches ni remiendos. Sin buscar gresca porque sí (al menos de momento), pero también sin esfuerzos para dar una imagen que agradase a todo y todos. Lleno, repleto, de imperfecciones y sin obsesionarme por ocultarlas o solucionarlas.

Claro que mi nuevo yo no era del agrado de mis conocidos, no te jode. Acostumbrados como estaban al Luismi bienqueda, bisagra y vaselina de múltiples conflictos. Ellos preferían al Luismi con copete de nata y guinda encima. Al que no iba a provocar enfrentamiento alguno y les diría aquello que querían oír, lo más oportuno en cada momento. Pero ese Luismi, para bien o para mal, se había ido quien sabe dónde, y estaba aprendiendo a querer en lo que me estaba convirtiendo. La seducción del lado oscuro. Así pues, tras la zozobra inicial, estaba dispuesto a defender lo que al fin y al cabo era en esos momentos...

Y en esas estaba, cavilando mientras vagaba sin rumbo por la calle cuando, al girar la esquina, le (¿me?) vi. Con sus (mis) vaqueros, con su (mi) camiseta favorita, el dedo metido en la argolla de sus (mis) llaves, girándolas ufano. Tin, tin, tin. Ahí estaba YO mismo, ayudando a una ancianita a cruzar la calle. No sé por qué extraña razón, pero no me sorprendió en absoluto. En su lugar me entraron unas ganas locas de estrangular a ese puto fraude. Ese falso (por partida doble) Luismi de nubes de algodón y sol de primavera.
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λ5: Allium cepa


Hace exactamente tres días le tocó el turno a la Paciencia. Se marchó sin previo aviso, como tantas otras cosas en los últimos días. Suspiré hondo y simplemente noté como me abandonaba. Una vez perdido el control y el maquillaje emocional, la paciencia era parte de lo poco que sostenía mi yo "visible" frente a "mi oscuro habitante", así que ya os imaginaréis como me sentí.
Esta vez se manifestó a través de un ataque de ira sin parangón (al menos que yo recuerde, lo cual no es mucho decir).
Trataba de arreglar un problema que tenía con mi ordenador personal y, al fallar por segunda vez el proceso de instalación de Windows, ocurrió. Comenzó como un calor descomunal en el estomago, que abrasó el anillo de chasky (o como carajo se diga), subió quemando el esófago hasta la garganta y se transformó en un grito descomunal. La ira tomó el control de mis piernas ordenándolas patear sin piedad la torre de la computadora. De nuevo me pilló por sorpresa. Afortunadamente, Silvia había bajado a por el pan, por lo que no presenció el hecho.
Tras ese arrebato de furia, tomaron el control la Sra. Vergüenza y el Sr. Arrepentimiento. Ya veis a quién me tengo que encomendar para frenar a ese cabrón con pintas que pugna por tomar el control. Y menos mal que esos dos todavía no han saltado por la borda (¿hasta cuándo?), como lo han hecho todos esos sentimientos que huyen, ratas cobardes que abandonan el barco. Dado que en mi caso, Vergüenza nunca ha sido muy persistente, es lógico que cada vez esté más intranquilo. Aunque Arrepentimiento siempre ha sido fuerte, no puedo fiarlo todo a la resistencia de un sólo pilar.

Así que, aprovechando que antes de ayer perdí también el ánimo y el poco interés que me quedaba en mi trabajo (tampoco les costó mucho tomar las de Villadiego), he decidido romper los lazos con mis jefes y mis compañeros de trabajo. Reducir al máximo el contacto con ellos, minimizará las posibilidades de perder el control. Así que llevo un par de días, tocándome los huevos a dos manos. No descuelgo el teléfono, no contesto a los correos... Noto como ya se empiezan a mosquear, así que estoy pensando en decir a mi gerente y a mi jefa que tengo la gripe A, y no salir de casa. Me pedirán el justificante médico, pero ya pueden esperar sentados. Me trae sin cuidado que me descuenten los días de la nómina. En realidad, me la pela que me terminen echando.

Pero, ¿por qué se va todo? Vale que desaparecieran (o perdiese, me da igual) mis llaves, mi camiseta y vaqueros favoritos... Pero ¿y lo demás? Control, Paciencia, Ánimo... ¿dónde se van? ¿Y por qué ahora? ¿Ya no están a gusto conmigo todo aquello que conformaba mi "yo"? ¿O sólo era apariencia? No sé. Cada vez que pienso en ello, una punzada me taladra las sienes...
Lo único seguro, es que esta fuga interminable, este éxodo de todo aquello que hacía identificable, poco a poco me está dejando vacío. Literal. No es que ese espacio vacío que dejan al marcharse, sea ocupado por otras cosas. No. Es que se ocupa con nada. Me voy quedando hueco. Soy como una cebolla que conserva la apergaminada capa exterior a duras penas y que va perdiendo una a una el resto de ellas, las que le dan sustento. Noto como el ruido de mis tripas reverbera en el espacio vacío. Como el eco, cada vez más presente, de mis pensamientos da fe de esa nada. De momento, lo único que aparenta resistir arraigado con fuerza en mis entrañas es ese otro luismi, corazón de cebolla. Cada vez más suelto, menos constreñido. Con más espacio para campar a sus anchas.

Conforme voy quedando vacío de contenido, más peso ha ido tomando la necesidad de sentirme atado a algo. Me aferro con fuerza a los sentimientos que aún me quedan. Sigo queriendo a Silvia, a mis padres, a mis hermanos. Sigo echando de menos a mis amigos. Sigo añorando la vista del faro de Trafalgar... Aún persisten, pero visto lo visto, no sé cuánto aguantarán. Cruzo los dedos pero la esperanza, prima hermana del ánimo, va difuminándose.

Para tratar de compensar esta pérdida interior, llevaba un tiempo reforzando los lazos que me unían a la realidad que me rodeaba. Leía cada vez más periódicos, veía todos los telediarios... Hasta ayer. Ayer también me abandonó la Curiosidad (otro para la saca), y con ella ese interés por las noticias del día a día.

Y hoy la puntilla. Esta mañana me ha llamado un muy querido antiguo colega del trabajo. ¿Dónde estás?, me dice. Le digo que en mi casa, enfermo. Vaya, pues lo siento mucho. Ayer no lo parecías. ¿Cómo? Pues eso. Que ayer, cuando nos vimos en el parque y quedamos para tomarnos unas cañas hoy a las 12, parecías muy relajado, ahí sentado al sol, con tus jeans y tu camiseta favorita...

Mira por dónde la Sra Sorpresa aún anda por aquí. Hace siglos que no voy al parque.
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λ4: Identidad a la fuga


De verdad que agradezco a aquellos que se han interesados por mi y han tratado de tranquilizarme. No te preocupes, serán cosas de la edad, decían unos. ¿Has pensado en ir al médico?, decían otros. ¿No tendrás algún problema en el trabajo, con Silvia, con tu hermano, con algún amigo... que te distrae y dispersa? Mi madre, mi padre, algún que otro amigo... Menos mal que mi abuela Juana no lee el blog. No me quiero ni imaginar cómo se pondría.
No, de verdad, muchas gracias. Quizás me excedí en el tono lúgubre de la anterior entrada pero no era más que un reflejo de lo que sentía. En realidad, para ser justos y que podáis juzgar con conocimiento de causa, debería contaros también que, no sé si por vergüenza o por no preocupar en demasía, oculté información relevante. En realidad no fueron las llaves lo único que desapareció. Después de que éstas se fueran nosédónde, otras cosas las siguieron. Materiales e inmateriales.
[...]
El viernes siguiente al tema de las llaves, habíamos quedado con unos amigos para tomar unas cañitas. El caso es que al ir ponerme mis pantalones vaqueros preferidos y mi camiseta favorita, no fui capaz de encontrarlos. La última vez me los había puesto el fin de semana pasado. Estarán en el cesto de la ropa sucia, dije. Nada. Rebusqué en mi armario, en el de Silvia, en el montón de ropa de la plancha. Ni rastro. Busqué también en los sitios en los que se ocultan las cosas que se pierden (donde tampoco encontré las llaves). Tampoco. Ya os dije que mi casa es pequeña y es imposible que nada se pierda más allá de un rato.
Entonces sucedió. A pesar del ímprobo trabajo de control de mi lado oscuro, de ese sucio compañero de cuarto que habita en el dark side de mi cabeza, ese que pugna por salir cada vez que las cosas se tuercen, no pude evitar que asomara por un instante. Breve estallido de ira ante los últimos incidentes que batían con fuerza contra mi arrecife de control y calma. De entrada, suficiente para que Silvi se pusiese de uñas. Lleva muy mal las (pocas, poquísimas, cada vez menos) veces que ese energúmeno consigue decir "aquíestoy".
Con todo el jaleo, llegamos media hora tarde. En realidad nada del otro mundo para lo que suelen tardar otras veces los amigos con los que había quedado, con lo que el mosqueo no debía ser muy grande. Pues, ¿notejode con los colegas? ya estaban de morros. Tiene narices la cosa. Cuánta razón tenía el tipo ese que se inventó lo de la paja y la viga en ojos ajenos y propios. Fue la gota que colmó el vaso. Mi oscuro habitante, que parecía haberse tomado un Red Bull y golpeaba con fuerza la puerta, percibió el resquicio dejado por la reacción de mis amigos y saltó fuera. Puestos a perder cosas, perdí también el control. A voz en grito, les reproché actitudes pasadas, les eché en cara su querencia por el doble rasero y me despaché a gusto acerca de lo que llevaba tiempo opinando acerca de ellos. Como la noche había empezado mal y no había indicios de que fuera a remontar, la quedada se redujo a una ronda de cañas y a un "lo vamos a dejar por hoy que estamos muy cansados".
De vuelta a casa, ante el silencio (justificado) de Silvia, me dediqué a pensar sobre lo que había pasado. Es curioso como he perdido el control. ¿Cómo ha podido pasar? ¿Y por qué precisamente ahora?
[...]
Aunque esa tendencia a la sobreexcitación siempre ha estado ahí, durante el paso de los años había logrado adquirir mecanismos de control que me habían permitido mantener a raya esos arranques que lastran cualquier tipo de relación (afectiva, personal o laboral). Paralelamente, había desarrollado un camuflaje que enterraba cualquier atisbo de discrepancia, de conflicto, de enfrentamiento abierto, bajo capas de maquillaje conciliador, amable y comprensivo. Como alguien querido dice, acaté ese rol y a él (más bien al esfuerzo que implicaba) me acostumbré tanto yo, como los demás. Ahora os puedo decir que si últimamente no he tenido mucho contacto con vosotros, es también por miedo a que la ausencia de ese control y ese camuflaje, dé al traste con todo los lazos construidos.

Quiero que entendáis que estoy un poco asustado. Además de llaves, ropa, control o maquillaje emocional, siento como últimamente me abandonan otras cosas. El optimismo y el ánimo que me han acompañado hasta la fecha se marcharon un par de días después. Y siento como detrás de ellos, otras cosas y otros aspectos de mi persona pugnan por soltar amarras e irse a la deriva. Poco a poco, todo aquello que me hacía identificable cara a los demás, está perdiéndose. Mi identidad (o al menos parte de ella, la que he creado con tanto esfuerzo) está en fuga. ¿Dónde va todo eso? ¿Qué me quedará cuando todo eso se marche? Siento que el suelo que he pisado hasta ahora, se vuelve inestable. Que me adentro poco a poco en territorio desconocido. Inexplorado.
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λ3: ¿Dónde están las llaves?


Casi han transcurrido dos semanas desde que sufrí el segundo suceso "desorientador" en el cuarto de baño. Ese en el que me caí y me hice daño en la muñeca. Ese en el que llamé a Silvi pero no me oyó. Ese que puso a rodar una enorme bola de nieve por la pendiente.
Entonces no me di cuenta, pero allí ocurrió algo más que un simple vahido. Aún no sé a ciencia cierta qué pudo ser, pero todo lo que me ha pasado desde entonces no puede ser una simple sucesión de casualidades. Durante estas dos semanas he estado disimulando cara afuera y cara adentro, negando a los demás y a mi mismo que había cosas que no encajaban. Espero que no me lo reprochéis.

En realidad, no las tenía todas conmigo y buena gana de preocuparos sin motivo. Además, aunque hubiese sido plenamente consciente de que algo ocurría ¿qué podíais hacer vosotros desde la distancia? Y a Silvi no se lo hubiese dicho por nada del mundo. Ahora está demasiado ocupada con el nuevo trabajo, y lo que menos quería era distraerla con lo que al principio consideraba asuntos sin importancia. Pero creo que ya no puedo seguir ignorando la situación, ni puedo seguir ocultándoosla. Este darle vueltas a las cosas, este martilleo incesante, esa sensación de que algo está mal desde ese día, me está trastornando demasiado. No sé, quizás poniéndolo negro sobre blanco y compartiéndolo con todos vosotros, me dé cuenta que todos son paranoias e imaginaciones mias. Tonterias sin importancia. Ójala.
Trataré de explicarme como mejor pueda. Perdonad si no lo cuento todo del tirón, pero necesito tomarme mi tiempo para encajar todas las piezas.
[...]
Cuando aquel fatídico día comenté a Silvia todo lo que me había pasado, cómo perdí toda noción del espacio, cómo la llame a voz en grito, cómo me caí, le extrañó mucho. Aseguró que no había oído nada de nada y, claro está, se preocupó por mi estado de salud. Tengo que volver a comprar esas cápsulas de propolio, dijo. Vino a decir que todo era producto de un estado de debilidad asociado a la carga de trabajo. Pero para los gritos no escuchados, no encontró ninguna explicación. En verdad su sueño es extraordinariamente ligero y debería haberse despertado de inmediato. Quizás imaginé que estaba gritando, pero en realidad no llegué a hacerlo, convine finalmente para tratar de zanjar un asunto que me incomodaba.
Ese mismo día, antes de salir camino del trabajo y al ir a abrir la puerta, vi que mis llaves no estaban en la cerradura. Ya se nos olvidó otra vez cerrar con llave la puerta durante la noche, pensé. Pero hubiera jurado que el día anterior había dado las cuatro vueltas de rigor a la cerradura y había dejado las llaves colgando en la cerradura como siempre. Últimamente, se me va la pinza, reconocí. Pero al ir a cogerlas de la bandeja que está sobre el recibidor, donde deberían estar si no están colgadas de la cerradura, no las encontré. Sólo estaban las de Silvia. Las busqué en la habitación verde, en el salón y en el dormitorio. Las busqué en mi mochila, y los bolsillos de chaquetas y pantalones. Miré tras el zapatero y debajo de las perchas, por si se hubiesen caído. Nada de nada. Temí haberlas perdido el día anterior en el trabajo o en la calle. Pregunté a Silvia si recordaba si el día anterior, cuando volvíamos de dar una vuelta, abrí yo o abrió ella la puerta. Silvi no lo recordaba con precisión, pero creía que había sido yo. Por un lado bien, ya que significaría que debían estar en casa, pero ¿dónde? Mi casa no es tan grande y los sitios donde se esconden las cosas perdidas, no son tantos.
Como no podía llegar tarde al trabajo, confirmé con Silvia que esa tarde no tenía pilates y que estaría en casa cuando llegase yo, y sali pitando. Llegaría más de media hora tarde a la reunión de seguimiento semanal. Dió igual media que tres horas. No pude concentrarme en todo el día. ¿Dónde carajo estarán las llaves? Sólo podía escuchar la puñetera canción dándome réplica. En el fondo del mar matarilerilerón chimpón.
Ójala hubiese sido eso. En ese momento, no podía ni imaginar que lo ocurrido sólo era el primer escalón de una escalera de mal rollo que dura hasta hoy.
A estas alturas, ya ni se ve el suelo.
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λ2: La mosca tras la oreja


Después de unos días sin volver a percibir el zumbido, esta mañana ha vuelto. Como me había olvidado por completo del "incidente" anterior, al principio me costó identificarlo. Lo primero que pensé fue que podía tratarse de algún moscardón que se hubiera colado en el cuarto de baño durante la noche, aprovechando la ventana que dejamos abierta con la intención de crear una corriente de aire entre el cuarto de baño y nuestra habitación.
Tras realizar una serie de espasmódicos movimientos (encaminados a hacer salir al insecto de su escondrijo) y no observar resultado alguno (más allá del ridículo baile realizado que, por suerte, no fue avistado por vecino alguno dadas las horas), recordé aquella molesta sensación percibida días atrás. Qué raro.

El caso es que, tras haberme recuperado de ese resfriado al que finalmente achaqué el "incidente" previo, no se me ocurría qué otra cosa podía generar ese extraño zumbido. Y no venía de fuera, si no de dentro de mi cabeza. Reverberaba en las paredes de mi cráneo y me aturdía. Esta vez, además del Omeprazol decidí ingerir un Paracetamol. Quizás ese resfriado no se había curado del todo y, en tiempos de H1N1 cualquier precaución es poca.
Una vez finalizada la rutina de cada mañana previa a la preparación del desayuno, me quedé parado frente al espejo. El zumbido se hizo de nuevo aún más audible. Recordaba lo ocurrido la anterior ocasión al apagar la luz del cuarto de baño y dudé si era conveniente arriesgarse a repetir la experiencia. Qué tontería, no pienso dejar que mis paranoias tomen una vez más el control. Así que apagué la luz.
Esta vez fue peor que la anterior. Todo dentro y fuera de mi giró, se volteó, cambió, se disolvió o se fue por el sumidero. Yo que sé. Traté de asirme al lavabo para no derrumbarme, pero donde debía estar éste no había más que aire, así que caí con estrépito al suelo. No sé por qué extraña razón, pero lo primero que se me vino a la cabeza fue, Con este jaleo voy a despertar a Silvia. Tras el desconcierto inicial traté de levantarme, y al apoyar la mano en el suelo me percaté que me había dañado la muñeca. Dolía que te cagas.
Alcé el brazo tanteando en la oscuridad y no fui capaz de encontrar la pared donde se encontraba el interruptor de la luz. Avancé de rodillas unos pasos (demasiados me parecieron para lo pequeño que es mi cuarto de baño), hasta que percibí la proximidad fría y lisa de la pared de azulejos. Apoyándome contra la pared, seguí su superficie tratando de alcanzar el interruptor, pero tras dos pasos a la izquierda empecé a ponerme muy nervioso. Era imposible. La puerta del cuarto de baño o la otra pared deberían haberse presentado ya ante mí. De pronto un grito subió desde mi estómago hasta mi garganta. ¡Silvia!. No pude evitarlo. Estaba muy agitado. ¡Silvia!, repetí mientras movía mis brazos tratando de encontrar el interruptor. Pero justo en el momento en que un tercer grito pugnaba por salir, mi mano palpó la llave de la luz y rápidamente encendí el interruptor. Se hizo la luz
Todo estaba como siempre. La bañera y la ventana detrás, la puerta abierta frente a mi y el inodoro a la derecha. Aturdido, confundido y cabreado, me dirigí hacia la habitación. Silvia dormía como si nada hubiera ocurrido. Silvia la del sueño ligero. Y mi muñeca dolía como el diablo.
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λ1:Irrealidad


Siempre me ha dado mucha rabia no poder recordar de qué trataban los sueños que tuve la noche anterior. Y para más inri, lo que no se me suele olvidar es que los tuve. Así pues, como una de tantas, esta mañana me levanté con la sensación de que las neuronas habían estado de fiestuqui por ahí arriba.
Como siempre, con los ojos pegados, recogí la ropa que me iba a poner ese día del taburete verde, y me dirigí al cuarto de baño. Tras descargar la vejiga, me afeité y después me duché. Durante todo este proceso, algo estuvo haciendo bzzzz en mi cabeza.

Lo achaqué a que, estando un poco resfriado como lo estaba, mis oídos estaban algo afectados. Tras secarme e hidratar mi maltrecha espalda, comencé a vestirme. Cada vez que mi mirada se cruzaba con la de mi reflejo en el espejo, el zumbido se hacía más presente. No sé, quizás sea la posición de la cabeza, que provoca una mayor presión en mi oido interno, razoné. Aunque no se trataba de nada fuera de lo común, algo en mi interior comenzó a desperazarse. Mientras proseguía con mi rutina, noté como ese algo se sacudía la modorra y conseguía ponerse alerta, embargándome una extraña sensación de desasosiago. Tras acicalarme, tomarme el Omeprazol y apagar la luz del baño, me giré en la oscuridad con la intención de embocar la puerta del cuarto de baño. Fue entonces cuando me percaté que algo había ocurrido no sólo en mi interior, si no también a mi alrededor. De pronto perdí por completo la orientación y donde debía estar la puerta no conseguía distinguir más que azulejos reflejando la luz de la farola que se colaba por la ventana entreabierta a mi espalda. Me giré, tanteando en la oscuridad, tratando de encontrar la puerta y no la encontré. Tras varios segundos bajo una fuerte sensación de irrealidad de pronto pensé, Tranquilo, seguro que estás todavía soñando.
Pues resultó que no. Nada más asomó esa idea a mi cabeza, mi mano alcanzó el quicio de la puerta, y como si tuviera vida propia, mientras mi cabeza aún buscaba su sitio, se agarró con fuerza del marco y tiró de mi hasta sacarme al pasillo.
Confundido, mareado y aún en penumbra, me adentré en la cocina y me senté en el taburete plegable mientras trataba de recuperar mi sitio en esta realidad. Tardé más de 2 minutos en encender la luz y ponerme a preparar el desayuno.
Continúa...